KAMOURASKA DE VANESA SOTELO


Revista “Primer Acto” nº 337
Por Afonso Becerra.

Kamouraska, de Vanesa M. Sotelo y la Compañía Inversa Teatro, es una rave verbal que abre preguntas, lanza consignas y destila poesía en un frenesí, por
veces irónico y grotesco semejante a la de Woyzeck (1836) de G. Büchner. Kamouraska lleva en el vientre la palabra amour pero, igual que en Woyzeck, el contexto de juego la aborta. El espacio es único y múltiple a la vez ya que en él se delimitan diferentes territorios: las hilas en el suelo y el comedero de perro, la perrera, espacio simbólico de lo instintivo, lo animal; la mesa con los vasos de chupito y la botella, las sillas, zona para beber, para desfasar, para echar un pulso, para subirse a la barra y transformarla en tribuna de reivindicaciones y consignas.
Descampados escénicos que se transforman con la actuación: el plástico en el suelo es la playa en la que Marta Pérez se unta de crema mientras Bea Campos nos relata una situación parecida en la que “un tío” se masturbaba delante de ella. La escena arriba a un climax en el que Marta es regada por chorros blancos de crema solar que saltan espasmódicamente sobre ella. Los golpes de efecto en Kamouraska evocan los golpes y la brutalidad que encierra la obra Le langue-á-langue des chiens de roche (1998), de Daniel Danis (Quebec, 1962).

La propuesta de Vanesa M. Sotelo es una deconstrucción posdramática de la obra de Danis en la que se mantienen las pulsiones de unos seres incompletos
debido a su incapacidad o imposibilidad de amar, de soñar o de pertenecer a un lugar. Incapacidad de adaptación a un contexto hostil, el actual, en el que nuestros deseos chocan. La sensibilidad critica debe ser entrenada hasta que
le salga callo y se endurezca para soportar las heridas infligidas por una sociedad en la que los auténticos valores humanos, la cultura y el arte siguen quedando relegados ante el comercio y los valores de mercado. Los sueños enjaulados en perreras. El amor y el placer compartidos devorados por el egoísmo y el onanismo. La actriz María Caparrini se calza las botas en las manos y convierte la escena en un ring de boxeo mientras lanza la pregunta si el amor es algo más que reacciones químicas de oxitocina y otras substancias.

Las tres actrices, sin necesidad de construir personajes, componen situaciones de juego que constituyen metáforas escénicas a partir de una comunicación directa que intenta ser sincera resquebrajando el texto. Pero el bombardeo verbal sitúa la palabra como motor de la acción escénica y como centro de las imágenes y los temas que la vertebran. No hay diálogo sino polifonía, rapsodia repartida entre las voces de las tres actrices. Los sueños vuelven lírica la palabra. Los contactos la vuelven conversacional, gratuita, hablar por hablar, o bien imperativa e interrogativa.

Kamouraska, de Vanesa M. Sotelo y la Compañía Inversa Teatro, es una rave verbal que abre preguntas, lanza consignas y destila poesía en un frenesí, por veces irónico y grotesco, por veces violento, por veces tierno, sensual y, por veces, también cómico •